Nou episodi d'espanyolisme gens dissimulat a La Vanguardia. Aquesta vegada l'excusa és la manifestació convocada per la Plataforma Pel Dret de Decidir aquest proper dissabte 1 de desembre per protestar contra el caos de les infraestructures al Principat i que reclama el reconeixement del dret a decidir com a nació.En el seu editorial d'ahir "La dignidad catalana", el diari monàrquic analitza l'estat d'anim dels catalans i fins i tot arriba a trobar "justificable" la convocatòria de protestes.
Després de tres paràgrafs on el diari enumera tot de greuges econòmics i d'infraestructures, una situació que ha esdevingut caòtica per moments per la manca d'interès del govern espanyol per a resoldre-ho. I la conclusió final a la que arriba La Vanguardia és terrorífica: les protestes estan molt bé, però cal evitar que la manifestació derivi en una proclama sobiranista i/o independentista. El caos a les infraestructures, al servei ferroviari, a l'electricitat, el dèficit fiscal i de sobirania, tot això és secundari, la preocupació principal del diari borbònic és mirar d'evitar una possible politització de la manifestació en benefici de l'independentisme.
En concret, en aquest darrer paràgraf de l'editorial, La Vanguardia diu:
"Los catalanes han sido muy pacientes, pero es comprensible que se convoquen estos días iniciativas de protesta. Estas iniciativas, que debieran ser valoradas por todas las fuerzas políticas, podrían caer, sin embargo, en la tentación de encorsetar un estado de opinión amplísimo con esquemas político-ideológicos no mayoritarios. Sería un error que realimentaría el desánimo realmente existente".
Exacte, a més a més La Vanguardia creu doncs que aquesta politització en favor de l'independentisme (una opció política que ens evitaria per sempre més el dèficit fiscal i d'inversió en infraestructures) només serviria per "realimentar el desànim". Un resum francament surrealista de la situació actual.
Els lectors que ho desitgin poden llegir també l'editorial sencer de La Vanguardia d'ahir, 25 de novembre de 2007:
La dignidad catalana
Mucho se ha escrito estos meses sobre el estado de ánimo de la sociedad catalana a raíz de la secuencia de acontecimientos de los tres últimos años: el denso y áspero debate sobre el nuevo Estatut, la reacción airada e insultante de una parte de la opinión pública española, excitada por mercaderes del oportunismo; el desgaste, el cansancio, los crecientes defectos de una clase política catalana demasiado entregada al tacticismo, la abstención en el referéndum del Estatut y, después, cuando el temporal parecía amainar, el grave colapso estival de los servicios básicos en Barcelona, y el infausto fiasco ferroviario, todavía en curso, en parte propiciado por las prisas gubernamentales por inaugurar el AVE Madrid-Barcelona antes de final de año. Enfado, indignación, disminución de la autoestima, orgullo herido y fuerte desafección de la política son los diagnósticos más comunes. Desapego de España, en palabras del presidente de la Generalitat, José Montilla.
En este periodo de tiempo, la sociedad catalana ha dado muestras de una paciencia ejemplar, de la que el Gobierno socialista ha tomado nota, seguramente consciente de que en otras circunstancias el grave colapso del servicio de cercanías habría provocado numerosas manifestaciones de protesta. Cabe recordar que durante la etapa Aznar, la ciudad de Barcelona fue escenario de importantes manifestaciones contrarias a la adusta derechización de la política gubernamental. Tan nutridas fueron las manifestaciones contra la guerra de Iraq, que llegaron a ser citadas por el ex presidente de Estados Unidos George Bush padre.
La sociedad catalana ha mostrado esta vez mucha paciencia. Y algunos deslices del Gobierno son francamente incomprensibles. La reciente broma del presidente Rodríguez Zapatero en una entrevista de televisión - "parece que has venido en cercanías", le espetó a Andreu Buenafuente, que llegaba tarde- habría sido juzgada del todo inaceptable en tiempos de Aznar. Mucho más grave es la altanera actitud de la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, que en estos momentos debiera vestir hábito franciscano - el hábito de la humildad- en vez de proponerse como reencarnación de Indalecio Prieto, tenaz ministro de Obras Públicas de la Segunda República. Agobiada por las críticas - Álvarez es el ministro peor valorado en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas-, la titular de Fomento se ha envuelto en la bandera de Andalucía, con gestos de populismo meridional, tan inéditos en el socialismo español, como inquietantes. Atención a esos gestos.
Los catalanes han sido muy pacientes, pero es comprensible que se convoquen estos días iniciativas de protesta. Estas iniciativas, que debieran ser valoradas por todas las fuerzas políticas, podrían caer, sin embargo, en la tentación de encorsetar un estado de opinión amplísimo con esquemas político-ideológicos no mayoritarios. Sería un error que realimentaría el desánimo realmente existente.














Opina
Configuració |